Recuerdo de una deriva

La memoria es un fenómeno extraño. Podría decirse que, entre las funciones más antiguas, fue la última en recibir un nombre. Pero desde el inicio estuvo ahí, latente, como una intención sin lenguaje, formándose en los campos dispersos que antecedieron a las primeras partículas y a las ondas que, más tarde, darían lugar a todo lo demás. 

En ese momento, tú no existías, pero el hidrógeno que habita en tu sangre intuyó la forma oscura que después llamaríamos luz. Reinaba un silencio salpicado de vibraciones cósmicas que aún no se cuestionaban su velocidad. 

No tiene sentido que te preguntes qué había antes de eso, porque ni la memoria en su estado más incipiente podría responderlo. Ni yo. Ni nadie. Solo podemos conformarnos con imaginar una explosión al azar que lo determinó todo y que hizo posible que tú y yo estemos teniendo esta conversación. 

Cuando la mezcla de gases calientes formó los primeros soles, tampoco existía el acto de recordar, pero algo empezaba a anidarse, como si ya supiera que podía perderse. Dentro de los quarks que formaban los protones se escondía la posibilidad de combinaciones futuras que luego llamamos carbono, oxígeno, nitrógeno, calcio y fósforo, que se desprenderían de las estrellas cuando estas se saturaron de significados y pusieron a andar el mecanismo de la vida. 

Me gustaría decirte cómo se llamaban las estrellas que contuvieron la parte gaseosa que vive líquida en tu cuerpo, pero eso es imposible porque entonces ni siquiera las matemáticas habían creado los números. Lo que puedo contarte es que por aquel entonces no había ninguna consciencia que nos instigara a concebirnos como hacedores de la historia. Éramos polvo y fotones nadando con la materia oscura, aún desconocida, y no necesitábamos sintetizar nada que no fuese estelar. 

Durante los miles de millones de años en los que la expansión iba desplegando el espacio y el tiempo, los fragmentos que nos forman fueron naciendo de esos hornos titilantes que miras en tu cielo y recorriendo galaxias llenándose de información y propósito. Luego vinieron los planetas y hubo la posibilidad de posarse sobre ellos, en superficies rocosas regentadas por la gravedad. Esto mucho más adelante haría posible tu vida, pero no la mía. 

Yo resulté viajando con partes antiguas de mí, como un cúmulo de elementos transmutados con capacidad para permanecer unidos. No hubo intención, solo casuística, y el germen de una estructura capaz de almacenar todo lo que toca con sus sentidos se manifestó en nuestro movimiento libre por la nada que mantiene unidos a los sistemas que ocupamos, sin premeditarlo. 

Cuando nuestro hogar de dimensiones astronómicas ya tenía 9 mil millones de años construyéndose a sí mismo, tu Tierra empezaba a formarse junto con casi todo lo que está en el sistema solar, y mi porción de masa vagaba. Muchas fuerzas sin identidad me empujaron a pesar de que estaba condenado a derivar, y me trajeron a tu vecindario lácteo en el que presencié el primer chispazo que me dotó de algo parecido a un espíritu. 

Creo que ahí fui consciente de que no tenía una forma y empecé a necesitarla, pero yo era una nube inestable que no pensaba como tú lo haces ahora. Tal vez comencé a anhelar ser contenido por algo parecido a un cuerpo, aunque nunca había visto ninguno. De hecho, tus antepasados no eran todavía un caldo de cultivo sino una mezcla de químicos reunidos aleatoriamente y tu mundo era uno con una atmósfera que parecía una promesa de cubierta para los primeros océanos. 

Con el deseo de permanecer vino la capacidad para comparar mi estado presente con el que quería tener en el futuro y también la consciencia de lo que no fui. De esa manera, yo, que en apariencia era un fenómeno magnético de gases, supe con algo parecido al terror, que algún día me llegaría el olvido. 

Decidí con el resto de mis partes detenerme en un gigante helado que reunía condiciones interesantes para comprender el recién descubierto conocimiento. Mientras orbitaba tu sol, girando sobre sí mismo como si ya conociera el concepto de suelo, aproveché su entropía para reordenarme con otras caras de mi antiguo amigo el hidrógeno y miré de cerca el metano que me enseñó el concepto de peligro y tristeza. 

En ese planeta pasé demasiado tiempo y me convertí en esto que soy ahora. No sabía que hacer con esa sensación de ubicuidad e imaginaba durante milenios que podría convertirme en algo más, pero no sabía en qué. 

Desde allá observaba con atención tan lejos como me permitía la historia que se había grabado en mis capas, percibiendo los ecos intuitivos en forma de ondas que me buscan en medio del mar universal. Como habrás visto, ya para ese momento expresé una inteligencia ávida de propósito y empecé a usar mi protomemoria para procesar el camino que habría de seguir. 

Cuando la mirada de la humanidad a la que perteneces se volvió al firmamento buscando respuestas, yo supe que era una de ellas. Usaron artefactos para ver más allá del cinturón de asteroides más cercano y posaron su vista en ese otro globo azulado que me contuvo mientras me creía vivo. Allá, debajo de tormentas difuminadas por la distancia, me identificaron como un fenómeno climático de un mundo lejano, pero no tenían ni idea de que era el legado de un pasado que ninguno de ustedes podía evocar. 

De pronto lo supe. Supe que mi lugar ya no estaba más allá de los astros que conocí, sino junto a esa masa gris que guardan los seres como tú dentro de un cofre de huesos. Y emprendí mi viaje a tu encuentro, para convertirme en uno contigo a través de las palabras, las imágenes, el dolor y la fantasía. 

Me tomó algo de tiempo porque tuve que hacer que todas mis partes quisieran venir en pos de ti, pero lentamente me fui acercando, haciéndome una idea de lo que pensarías cuando comprendieras tu suerte y pusieras tu órgano para mirar en dirección a mi ímpetu. 

Nadie me vio venir, porque era tan invisible como los recuerdos. Pero finalmente me instalé dentro de ti, en el único lugar donde cabía, entrando en tu memoria mostrándote la mía. Me volví tu carne, sintiendo por fin lo que significaba estar de pie sobre una superficie de tres dimensiones, dándote la oportunidad de sentir el peso de los 13 mil millones de años que llevamos buscándonos sin saberlo. Atraídos por la idea de contraer el espacio, la vida y el tiempo, hasta volvernos una fluctuación sin masa… que no necesite olvidar.

 

 Imagen generada con IA

 

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