Una vez
leí un libro donde los científicos del mundo empezaban a detectar cómo las
leyes de la física empezaban a “fallar” y a los ojos de todo el mundo,
empezaron a suicidarse porque todo lo que habían creído y estudiado por años había
cambiado de un momento a otro. Lo cierto es que los estaba asesinando una raza
alienígena luego de engañarlos con trucos para destruir todas sus creencias en
cuestión de días.
Esto fue
lo segundo que pensé el día que empecé a dudar de las leyes de Mendel. Iba en
el metro, leyendo poesía y sintiéndome muy main carácter, cuando la vi frente a
mí. Una mujer un poco mayor que yo con mis mismas manos. Iguales. La forma en
que doblaba el pulgar al sostener el tubo metálico, la uña ligeramente hundida
del índice, ese gesto inconsciente de frotarse los dedos cuando pensaba, la
inquietud del dedo corazón.
Me reí, porque
mi primer pensamiento fue que estaba protagonizando una escena repetida de la serie
Friends, esa que tanto marcó a la mitad de los millennials y donde en un capítulo
“Joey”, encontraba a su gemelo de manos. Luego, fugazmente, el pensamiento
sobre los aliens y los científicos muertos en mi trilogía favorita.
Ese
pensamiento fue breve pero no fue aleatorio. Creo que mi inconsciente tenía
mucho tiempo captando coincidencias fenotípicas en desconocidos y por eso, la
conexión que me llevó a pensar en genética y probabilidades.
Seguí con
mi día, pero esa noche escribí en mi cuaderno algo que no quise publicar:
¿Y si las
leyes en las que creemos no son “naturales”?
Tengo años
trabajando de manera recurrente con modelos de herencia. Dominante, recesivo,
combinaciones limpias que se repetían con una fidelidad casi tranquilizadora.
Las leyes de Mendel son elegantes porque prometen orden y lógica, casi como el
resultado de un baile coreografiado. Algo se transmite, otro tanto se diluye, y
alguna cosa reaparece luego de una secuencia de movimientos y natalicios.
Pero
últimamente los datos tienen ruido.
He creído ver
repeticiones improbables que me han hecho pensar en errores camuflados, pero
hasta ahora no me había detenido a pensar demasiado en que las casualidades
siempre son sospechosas de una premeditación mayor, hasta que se demuestre lo
contrario.
Todo hemos
oído hablar de doppelgängers, rostros que volvían a aparecer sin parentesco.
Proporciones que coinciden demasiado con variaciones mínimas, para mantenernos
distraídos. Personas que vemos al otro lado del mundo y nos dejan un rato
pensando en cómo es posible esa falta de consanguinidad. Yo misma almaceno
recuerdos familiares e incómodos de gente que no me pertenece.
Un día vi
a un hombre con la sonrisa de mi padre y la tristeza de un desconocido.
Otro día,
una niña con los ojos de una amiga que aún no tenía hijos.
Alguna vez
en un viaje, tuve un crush con alguien que decía que yo era increíblemente
parecida a su mejor amiga de la infancia.
Fue así,
como después de un ejercicio de memoria emocional, la hipótesis llegó sola,
como llegan las ideas que no se pueden desinventar.
Las leyes
de Mendel no describen el viaje del héroe de los genes, lo optimizan.
Toda una
vida homo sapiens creyendo que esas eran verdades universales cuando ahora se
me parecían más a reglas internas de un entorno disimuladamente controlado, heredadas,
tal vez, de otra inteligencia lejana y distinta.
Y entonces
inferí algo peor: quienes habían diseñado este sistema posiblemente no
necesitaban esas leyes, no estaban sujetos a la escasez de combinaciones, y experimentaban
con nosotros con leyes que no los explicaban a ellos. Quizás, ni siquiera se
reproducían entre sí, sino que también eran creados, pero con plena consciencia
de ser una capa más en una infinita superposición de formas de vida.
Desde muy
pequeña me había costado buscar a Dios, y me parece irónico que, sin buscar,
hubiese encontrado un patrón que me llevara a algo superior en lo que me era
imposible no creer.
Sentí
certeza, no terror.
Lo vi todo
con una claridad que me dio paz, y me hice consciente de las pistas que siempre
estuvieron ahí. Me puso triste la obviedad oculta a simple vista de que las
inteligencias artificiales ya eran capaces de generar caras de personas que no
existían. Nadie las había visto nunca, pero ahí estaban: convincentes,
completas, con arrugas en los lugares correctos, asimetrías cuidadosamente
calculadas, con los dedos y los dientes cada vez mejor puestos, siendo el
reflejo de lo mendeliano, emuladas con alarmante facilidad.
Un recurso
al servicio de la verdad, un álbum infinito de rasgos que interpolar y
recombinar para envolvernos en la falacia de la raza compartida por miles.
Si una IA,
con una base de datos finita, terminaba inventando personas plausibles, ¿qué
pasaría cuando el sistema que nos gobierna llevaba demasiado tiempo
funcionando? ¿Qué hacía cuando las combinaciones nuevas empezaban a volverse
costosas? Creo que esta fue la respuesta que me había llegado antes de imaginar
la pregunta.
Una
respuesta que empezó a insinuarse en la calle, en aeropuertos, en salas de
espera. Personas que aparecían como ecos de otras personas, como versiones que
habían tomado decisiones ligeramente distintas desde su estado cromosomático.
Desde ese
día caminé sintiéndome etérea, como un NPC sin propósito, pero con un conocimiento
que me permitía sentirme libre, y me hacía preguntarme si los habitantes de la
capa siguiente, mis creadores, me identificaban entre la población
desproporcionada de código que yo llamo humanidad. ¿Sabrían ellos que ya sabía
la verdad? Porque no sé cómo, pero yo sabía que este descubrimiento era real.
Caminé,
buscándome en otros rostros, paciente, hasta el día que me encontré conmigo
misma porque era inevitable.
Ahí, en una
cafetería anodina, removiendo el café con una lentitud que reconocí de
inmediato. Tenía mis hombros, pero no mi cansancio. O tal vez era al revés.
Nos
miramos sin sorpresa, como viendo a través en un espejo en medio de un paisaje
anticipado. Sentí cómo reconocerse es de alguna manera volver a casa, sentirse
a salvo. Detallé lo más que pude mis ojos, el color confuso entre el iris y la
pupila. Miré mi boca y su tendencia a torcerse, una nariz que muy seguramente
ocultaba mis propias dificultades para respirar, el cuello, con esa tiroides medio
vulgar, con propensión a mostrarse excesivamente al mundo.
No
hablamos, mantuvimos ese acuerdo silencioso de no tambalear la simulación, pero
en la mirada nos compartimos la vida desandada y esa sensación persistente de
haber llegado tarde a algo. Su rostro y su sonrisa me mostraban que, ser
finitos no significa que seamos irrelevantes, si no que somos suficientes.
Esa noche
volví a mi cuaderno para empezar el manifiesto de mi nueva vida, sabiéndome
repetida… “Si somos el resultado de un sistema que se repite, entonces amar,
elegir y recordar son actos de resistencia”
Escribí
por horas y cerré el cuaderno, mientras me sentía contenida por ese universo
que afuera, seguía generando rostros y combinaciones, con descuido tierno y
matemático.
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