Ocho segundos

 1

Llevo semanas en las que ni siquiera he tenido energía para entender mis deseos. La rutina me ha consumido a tal punto que creo que ni siquiera me he mirado al espejo y una parte de mí se siente despersonalizada.

 Tal vez eso es una redundancia, pienso, al mismo tiempo que imagino a una mujer que viviese hace unos cien años, a comienzos de los 2000, mirando su futuro en una mujer de 30 años viviendo esta realidad que le sería tan poco familiar, tan plana.

 Mi presente es demasiado distinto a aquel que esa mujer podría haber vivido. Las ciudades de ahora no son espectaculares ni ruidosas. Son eficientes y suaves. Los edificios crecen más en silencio que en altura: estructuras orgánicas, de materiales inteligentes que regulan temperatura, luz y sonido según el estado emocional del gueto. No hay obreros visibles ni andamios; las máquinas construyen de noche, como si no quisieran interrumpir la vida.

 Las calles están despejadas. Casi no hay tráfico ni prisa. El transporte es autónomo, en niveles y subterráneo, pero deja superficie para caminar, sentarse, detenerse. Hay muchos lugares para pausar: bancas que se adaptan al cuerpo, jardines pequeños diseñados para calmar, espacios intermedios donde no se espera que consumas nada. Una fantasía para mis antepasados.

 Las pantallas existen, pero son discretas. Aparecen solo cuando las necesitas y desaparecen rápido, como si supieran que mirar demasiado cansa el alma. La publicidad ya no vende objetos sino estados: descanso, claridad, alivio.

 Pero a veces, aunque eso parece idílico, hay una sensación persistente de pérdida. Como si la ciudad supiera que algo vivo se quedó atrás. De hecho, he soñado varias veces que ahora somos descoloridos y que perdimos un brillo que solo podía lustrarse en el pasado.

 Ahora, despierta, pensando en ese mundo que fue y no conocí, decido leer un poco sobre cómo era esa vida para convencerme de que somos nosotros los que poseemos todos los colores. Espero que al hacerlo, no sienta que ese pasado es el que debí haber habitado.

 

2

 Debe ser el cansancio, pero estoy en modo inusualmente contemplativo. Presto atención al silencio y su manera de ser habitado por máquinas mudas, de esas que hacen todo el trabajo que antaño hacían los seres humanos. Construyen, limpian, trasladan, calculan, y creo que, a nosotros, los humanos de hoy, nos quedó lo más pesado: escuchar, acompañar, contener, interpretar.

 Trabajos emocionales, les dicen. Como el mío. La gente como yo no carga herramientas, carga conversaciones. Escuchan con atención profesional, acompañan duelos, facilitan acuerdos, sostienen emociones ajenas en jornada laboral.

 Por eso consumo besos de reseteo con cierta frecuencia. No por adicción, o eso me digo, sino por prevenir mis quiebres, mis grietas.

 Hoy me siento como si tuviera sed pero de aire, quizás porque acumulé demasiadas capas de información y no tengo tanto de androide como me gustaría. Contengo demasiadas palabras sostenidas con precisión emocional, demasiadas decisiones calibradas, demasiada calma ficticia y por eso creo que es momento de pedir un beso que me resetee. En mi recinto, el botón para pedir un beso que te resetee está en el panel de supravivencia, al lado del botón de asistencia médica y del de soporte psicológico, y agradezco infinitamente ese derecho humano que nos invita a un estado más allá de la supervivencia. Entiendo que eso fue impensable en otra época, pero ahora nadie lo discute. Es parte de la higiene básica.

 Pulso el botón, porque ya que tengo esta sensación de estar esperando algo que no sé qué es, prefiero convertirla en una sensación de espera real.


 3

 El sistema me avisó que el mensajero está en camino. Siete minutos. No siento nada, ni anticipación, ni ningún tipo de excitación, ya que eso lo reservo para mi sesión diaria de placer químico. Me parece curioso eso de que, en el pasado, el beso era parte de ese ritual sexual que lleva a la procreación, no puedo imaginarme cosas más contrarias en sensaciones.


 4

 Cuando llegó, noté algo extraño antes incluso de abrir la puerta. No era su aspecto, que era neutro, correcto, diseñado para no interferir, como el de todos los mensajeros de besos, sino la forma en que se quedó quieto al verme. Como si el tiempo no fuera una línea recta para él. Como si él también hubiese aprendido a esperar de otra manera en ese instante.

—Hola, dijo sin apurarse, con un tono de voz sencillo, sin pretensiones. 

Ocupó el umbral, ese espacio intermedio donde todavía no es del todo un servicio. Me explicó el protocolo con palabras que ya conocía, pero no las recitó: las dijo. Eso me descolocó. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que alguien no estaba optimizando nada. Me parecía estar viendo por primera vez a un ser humano, y tuve miedo. 

Cuando se acercó, pensé en todas las veces anteriores. En los besos correctos, exactos, eficaces. En cómo el reset suele sentirse como un clic interno, una limpieza suave, un mareo previo a que todo volviese a su lugar. Esto no fue así. Se sintió inestable. Lento. Profundo. 

Ese beso no sabía que tenía una función asignada. Sentí el estómago reaccionar antes que la cabeza: una vibración cálida, desordenada, como un enjambre despertándose. Pensé en abejas, porque las mariposas ya no existen. Al menos no aquí, sino en las metáforas leídas, heredadas, de cuando la gente estaba realmente viva. Pero las abejas… las abejas todavía zumban en la memoria colectiva como algo que se está perdiendo y que, sin embargo, insiste.

 Eso sentí: algo insistiendo.

 Su boca rompió mi inercia interna, su aliento se confundió con el mío, y mi cuerpo se sintió más pesado y más liviano al mismo tiempo. Tuve que cerrar los ojos, mientras algo en mi pecho se abría para casi tocar el suyo. Sentí su lengua como algo más que un instrumento de trabajo, sentí una necesidad de violencia y de ternura, más sed, menos resistencia al dolor, más segundos de los ocho reglamentarios.

 De pronto, se separó de mí y me miró. Ahora era él quien insistía con la mirada, quien temía, con quien sabe qué insecto en el estómago. Luego se fue.

 Me acerqué al espejo, ese que llevaba semanas evitando, y me vi. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados. Me vi como no me había visto nunca: imperfecta, real, en un mundo que había cambiado para siempre.

 

5

 No sé cuánto tiempo me llevó darme cuenta de que ese beso no me reseteó del todo. Me dejó levemente fuera de eje. Como si hubiera tocado una versión antigua de mí, una que no pedía botones, una que creía que lo inesperado era más bonito, aunque no tenía manera de saberlo. Así estuve, por minutos múltiplos de esos ocho segundos, mientras las máquinas siguieron con su murmullo eficiente y la ciudad allá afuera funcionando con su inteligencia impecable.

 Volví al panel de supravivencia y miré el botón. Podría pedir otro beso, uno que sí funcionara, uno que me devolviera a la línea recta. Pero no lo pulsé. Me quedé quieta un rato más, somnolienta, y un poco menos opaca que antes.

 


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