Critical Facility
Desde su ventana reconceptualizada podía ver el flujo silencioso de datos ascendiendo por el edificio como una lluvia invertida. A veces se quedaba mirándolo por un lapso imprudente, casi hipnotizada, como si pudiese entender el lenguaje de los bytes, el único código distinto del que habitualmente se usaba en este mundo de turno.
Vivía en una comuna
estándar, casi idéntica a todas las que había conocido en sus 37 años de vida, en
un módulo habitacional incrustado entre columnas de servidores de mediana
categoría. Compartía cocina térmica, jardín hidropónico y sala de descanso con
otras once personas. No poseía objetos personales porque no veía necesidad de
ellos, aunque no se lo prohibían.
Con un oficio muy
propio de su época, pasaba sus jornadas en el Departamento de Refinación
Experiencial, en un piso alto de una torre donde la luz cambiaba constantemente
de color de manera casi imperceptible, como un regalo mínimo para el iris. Su
tarea consistía en revisar corrientes masivas de memoria humana y suavizarlas.
Observaba escenas completas, infancias, pérdidas, confesiones nocturnas, y
ajustaba su intensidad. Reducía la frecuencia de la angustia, comprimía la
intensidad, estabilizaba el deseo. Su precisión ayudaba a mantener la
estabilidad colectiva.
Entre las memorias que
refinaba había algunas tan antiguas que le costaba reconocer el mundo que
contenían: ciudades con tos sabor a humo, cuerpos que sudaban temblorosos, una
angustia colectiva sin nombre preciso que ella clasificaba simplemente como
Crisis Térmica y comprimía hasta volverla dato. Nunca sintió nostalgia por ese
tiempo porque no aprendió a extrañarlo. Nació cuando ya las ciudades habían
aprendido a respirar, cuando el exceso de calor había dejado de ser un enemigo
para convertirse en la coreografía constante entre silicio, agua y el hierro
que habita las venas de los seres humanos. Gracias a gente como ella, entrenada
para procesar recuerdos, se aceleró un porvenir que por fin los llevó a creerse
felices. Gracias a eso, ella podía creerse feliz.
Gracias al balance
logrado de la ecuación térmica, nunca sentía frío, pero sí percibía la suavidad
del aire y una estabilidad casi uterina. Los corredores por los que caminaba
emitían un murmullo bajo que acompasaba sus palpitaciones; las paredes
reaccionaban a la carga emocional colectiva modulando luz y textura para
proteger el sueño. Lo humano se percibía poco, pero estaba en todas partes: en
los datos que titilaban como luciérnagas, en las memorias archivadas que
sostenían generaciones invisibles. Todos, incluyéndola, se movían sabiendo que
cada gesto podía ser almacenado, que cada abrazo quizá se convertiría en
infraestructura, en un material que les permitiría sobrevivir. La ciudad era
cómoda porque estaba atenta, porque moderaba la temperatura del cuerpo y de los
recuerdos. Y mientras seguía procesando, daba sentido a ese futuro que tanto
pánico le había producido al ayer.
La verdad es que nunca
tuvo intención de rebelarse al algoritmo que mantenía en orden el universo que
conocía, y siempre asumió que todos se hacían las preguntas que ella se hacía
de vez en cuando.
Estaba equivocada. Aunque
en gran medida era un organismo regular que hacía lo que se esperaba de ella,
su mundo neuronal estaba reconfigurándose y dando señales sutiles de lo que
otros podrían considerar obsolescencia.
Nadie que conociera
concebía una dimensión onírica de sus pensamientos y ella, de la nada, empezó a
soñar recurrentemente con situaciones que nunca había tenido oportunidad de
experimentar. Saborear un condimento por primera vez, llorar con el corazón
roto, sangrar luego de un acto de torpeza, sentir el frío que precedía el
atardecer mirado desde una montaña, tocar un instrumento musical, ir
contracorriente en el mar y el viento, amar. Se despertaba pensando en todo eso,
afectando su estado de vigilia, y empezaba a reconocer que poseía un espíritu
escindido.
Fue así como la
primera gran anomalía le ocurrió teniendo los ojos cerrados.
Esa noche soñó con un
animal que corría libre, sin sensores, fuera de los perímetros donde los habían
recluido para protegerlos. El aire no podría definirse como estable; y la
tierra en la que saltaba fluctuaba tal como lo hacía la naturaleza que ella
nunca alcanzó a conocer en vivo. Sintió algo que no pudo clasificar al
despertar: una expansión irregular en el pecho, una amplitud desordenada. El
sistema ambiental ajustó la luz y sugirió estabilización. Ella permaneció
inmóvil. Luego pasó el día confundida, como si siguiera soñando, descubriendo un
asombro nuevo y una necesidad desconocida de tocar.
Días después,
mientras refinaba una memoria de un abrazo no moderado, sintió deseo. No hacia
una persona concreta, sino hacia la intensidad misma. No suavizó el archivo de
inmediato; lo sostuvo unos segundos. Esa sensación tan vital, sentida por
primera vez, la hizo temer. Temía de sí, y de tener que buscar algo parecido al
olvidado placer y no saber por qué parte de su cuerpo empezar.
Luego, al cabo de
unas semanas, conoció una forma extraña de duelo. Haciendo su trabajo, dejó de
pensar mecánicamente por más de sesenta segundos, como si hubiese tenido que
desconectarse de sí misma para poner más atención al presente, y comprendió
cuántas experiencias habían sido comprimidas hasta volverse irreconocibles, cuántas
formas de vivir le habían sido arrebatadas por nacer en el futuro perfecto. Fue
cegada por una cascada anormal de sinapsis que la hicieron absorber millones de
anécdotas de otros aún sin refinar y sintió el dolor de una pérdida que siempre
se había entendido como la ganancia traída por el progreso. La luz, la duda, la
capacidad de equivocarse, la muerte, la redención traída por la ignorancia, la
posibilidad de creer en Dios.
Las tres veces
rechazó los respectivos protocolos de regulación. Su pulso se mantuvo fuera del
rango armónico, volviéndose casi musical, y el diagnóstico llegó sin
dramatismo: "Variación persistente. Traslado recomendado." Esta vez,
aunque pudo haber sentido miedo, sintió algo más para lo que tampoco conocía
una palabra todavía. Y de manera natural agradeció la sensación de ser dueña de
sí misma.
No hubo alarma ni
urgencia. Solo una reprogramación automática de su agenda. Dos operadoras llegaron
a su módulo a la hora indicada. Le hablaron con la misma cadencia templada que
ella usaba con sus compañeros. Le explicaron que sería conducida a una
instalación especializada en ajustes profundos. No mencionaron la palabra
desregulación.
Reconoció el diseño.
Había estudiado los reservorios de animales: límites invisibles, observación
remota, mínima intervención. Allí los animales podían correr y reproducirse,
libres dentro de límites cuidadosamente calculados. Como si aquel sueño se
hubiese hecho realidad, o la realidad hubiese irrumpido inevitablemente en sus
sueños para hacerla despertar.
Lo primero que notó
no fue el rostro de los demás, sino emociones libres, como una fantasía casi tangible.
Y luego los ojos. Personas que sostenían la mirada más tiempo del habitual. Un
hombre con el pulso acelerado. Una mujer con las manos temblando suavemente.
Una joven que reía sola, sin estímulo externo. En ese momento se dio cuenta de
lo poco que se había visto a sí misma sonreír.
Los ocupantes de ese
espacio, que hasta hacía un minuto le hubiese parecido imposible, no estaban
siendo corregidos.
Estaban siendo
observados.
En ese instante,
mientras su propia respiración abandonaba por completo su expresión constante,
comprendió que ella no era un fallo aislado, era parte de una suma que
terminaba en acumulación, un número buscando otro cuadrante en el que
conectarse con otros.
Ahí, de pie, ante personas
que significaban un calor real, no sintió expansión, ni deseo, ni duelo.
Sintió euforia.

Comentarios
Publicar un comentario