La generación idéntica
Año 0
En el año 2037 un fenómeno curioso hizo que La Tierra cambiara, comenzando con la ruptura aleatoria de algunas parejas por dudas acerca de la paternidad de sus hijos. Por todos lados hubo episodios violentos y desesperados, en el que una nueva madre trataba de explicar a un nuevo padre, por qué su recién nacido no se parecía a ninguno de los dos. En algunos casos, esto no fue más que la excusa perfecta para acabar relaciones que ya se habían fracturado, pero nadie sospechaba que lo que se estaba rompiendo era el autoconocimiento que tenía la sociedad de sus diferencias internas.
Solo habían pasado unas semanas antes de que millones de pruebas de ADN confundieran a los científicos de los seis continentes, mostrando… nada. Nada justificaba la falta de impulso de los genes para mudarse, pero se estaba quebrando esa cadena hereditaria que nos relacionaba con los primeros hombres.
Pasaron a llamarse la generación idéntica y antes de acabarse el año, ya cada uno de los bebés que nacían, lo hacían con el ADN apagado. Iguales, algo opacos, con una piel identificable como humana, pero que al cabo de unos meses se diferenciaba de cualquier otro color de piel.
Luego de ese tiempo, su tez ligeramente morena se coloreaba con visos púrpura y se volvía demasiado uniforme en su tonalidad. A partir de ahí, no presentaban variaciones marcadas, y lo que sus padres acariciaban era una superficie lisa, continua, con un leve resplandor, sin llegar a ser extraña del todo, pero incómoda al tacto. Poco a poco sus facciones algo suavizadas con el colágeno absorbido del líquido amniótico se volvían más angulosas, dolorosas a la vista.
Nadie entendía que estaba pasando y el mundo prácticamente enloqueció. Empezaron a plantearse escenarios catastróficos y el miedo se apoderó de algunos que cometieron actos atroces en nombre de la salvación, sin saber dónde estaba realmente el peligro.
Mientras tanto, esos bebés se convertían en niños casi exentos de vello corporal, reservando unos pocos para sus cejas y pestañas, como un recuerdo plateado de las células muertas que habitaban los cuerpos de antes.
Lo único que aun los diferenciaba, eran sus huellas digitales. El último rastro de individualidad: invisible a simple vista, imposible de replicar. Algunos padres se obsesionaron con reconocer las puntas de los dedos de sus hijos, para sentir en ellos algo propio.
Médicamente se hablaba de “anomalía genética global”, pero en las familias estos seres se recibieron con un desconcierto íntimo. Se perdieron hijos, se confundieron. Por mucho tiempo se vivió un verdadero caos.
Uma nació de unos padres que no se separaron. Se refugiaron el uno en el otro para tratar de proteger un legado muy buscado, aunque no eran capaces de encontrarse en ella.
Año 7
—Papá, ¿Por qué tengo que usar esta ropa?
—Porque así es más fácil distinguirte entre los demás cuando paso por ti al colegio.
—Pero no me gusta, me gustaba más cuando me vestía como los demás. Ahora todos se visten diferente y hay demasiado ruido cuando los veo.
—Uma, uno no ve los ruidos, los oye.
—Bueno eso, es lo mismo.
Parecía una decisión estúpida, pero los colegios de la ciudad donde vivía la familia de Uma seguían uniformando a los pequeños, a pesar de que la misma piel lo hacía ya. No era suficiente con que fuesen copias, sino que además tenían que mantener esa costumbre, hasta que vieron que cambiarla haría las cosas un poco más fáciles.
Los maestros, al estar tan expuestos a tantos alumnos iguales al mismo tiempo desarrollaron la capacidad para reconocerlos: voz, comportamiento, cadencia de movimientos. Pero para los padres fue más difícil, siempre buscándose en sus hijos, queriendo acortar esa sensación de infertilidad, aunque habían podido concebir.
Uma era la niña de la voz más potente de la clase y su forma de moverse era muy parecida a la de su padre, lo que los hacía un dúo gracioso y reconocible para los demás.
Ella y sus compañeros no desarrollaron la noción de compararse y se iba notando como cambiaba la noción de “yo”. El bullying físico desapareció rápidamente y se hicieron cada vez más notorias las diferencias en el desempeño y la personalidad.
También sucedió algo que los psicólogos científicos llamaron desorientación identitaria leve. Los seres humanos pequeños se volvieron excesivamente observadores del lenguaje, los gestos, el tono y vivían a otro ritmo. Y así, le bajaron la velocidad a los que les rodeaban.
Al final de ese septenio, la industria infantil empezó a girar alrededor de la intención de diferenciarlos.
La gente cayó en cuenta de que, aunque la generación idéntica se mimetiza todavía entre los adultos, con el tiempo empezarán a multiplicarse y habría necesidad de distinguirlos para no perder la costumbre de valorarlos.
—Ahí está mi amiga Dana, papá.
Al mirar a la nueva amiga de su hija, una niña menuda de piel blanca y cabello rizado, con una mirada que se notaba heredada de alguien, el padre de Uma sintió un deseo momentáneo de que esa fuese su hija.
Año 14
—Nunca me imaginé que tendría que estar buscando a mi hija de 14 años en medio de este basurero lleno de gente.
—Es una fiesta normal ahora, no puedes pretender que, en el mundo de hoy, las fiestas sean como esas a las que íbamos tú y yo cuando nos conocimos. Ellos son diferentes.
—Pero escucha esa música, ¿Qué es? Ni siquiera reconozco los instrumentos, no se puede bailar, pero tampoco te deja estar en paz.
—Se llama no beat. A ellos les gusta.
—A mí no.
—Por favor cállate, ahí viene Uma. No la hagas sentir otra vez que no la entiendes, aunque sea cierto.
—Espero que al menos no me venga de nuevo con el cuento de que quiere ponerse un cuerno en la mitad de la frente.
La Uma adolescente estaba experimentando con su estilo como el resto de los de su generación. Hablaban entre ellos con un dialecto inventado y crearon tribus urbanas donde podían buscar afinidad con sus ideas. Querían ser únicos en lo intangible. Se cuidaban obsesivamente los pulgares y se tatuaban esas mismas líneas en lugares visibles del cuerpo, exagerando ese rasgo único que los segregaba.
Lo que no había cambiado era el despertar del deseo, pero las hormonas reaccionaban a todo menos a lo físico.
Por otro lado, los padres los veían como personas “sin alma” o “clones”. Algunos ni siquiera sentían amor por ellos, aunque no lo reconocían.
Año 21
—Mamá, simplemente ya no somos amigas.
—¿Pero no me quieres contar que pasó?
—No pasó nada.
—Algo tuvo que pasar para que te alejaras de tu mejor amiga desde que tenías siete años. Siempre me pareció curioso que se hicieran tan buenas amigas, aunque el azar la hizo nacer unos pocos meses antes que tú y ser diferentes.
—Da lo mismo, sabes que estos tres años que vienen no tendré tiempo para nadie. Dana se quedará aquí, dedicándose a hacer arte, mientras yo me internaré feliz en el laboratorio para tratar de entender porque no tengo tus ojos o al menos tu sonrisa. Y también porque están naciendo esos bebés duales. Seguramente haré nuevas amigas y encontraré gente a la que interese lo mismo que a mí.
—Sí, gente igual a ti.
—…
En el 2058 la gente seguía muy interesada en encontrar la razón por la que surgió la generación idéntica, hasta que eso se desdibujó un poco cuando los niños empezaron a nacer intersexuales.
Solo 21 años después del que los descorporeizó, ya se entendía totalmente la forma que decidió tomar la ausencia de datos genéticos. Todos tenían una altura estándar, y una contextura genérica. No eran especialmente delgados ni robustos. Tenían un cuerpo más bien andrógino, equilibrado.
Su madre veía en Uma una mandíbula recta que se contraponía a la suya de líneas suavizadas, y no podía diferenciar lo masculino y lo femenino en sus maneras. Ella sí amaba la voz de su hija, aunque saliera de una boca promedio de labios planos.
Su belleza incomodaba un poco, su simetría era casi perfecta.
La tecnología había avanzado mucho, y todos tenían asistentes virtuales a los que personalizaba con rasgos del pasado, como avatares que ellos quisieran haber sido. Cada uno tenía una especie de alter ego, pero seguían viéndose repetidos en el espejo. La asistente virtual de Uma tenía el cabello dorado y una voz dulce, casi aniñada.
Cuando llegó el momento de entrar a la universidad, Uma tuvo mucha libertad para proyectar su propia narrativa laboral. Ya los cargos no existían, los anuncios de empleo eran descripciones de las tareas y objetivos y las personas simplemente se postulaban cuando resonaban con algo. Ella resonaba con la biología y sus misterios.
No sabía cómo imaginarse su futuro porque no tenía referentes, así que decidió convertirse en uno.
Año 28
—Deberías sentirte orgullosa de ser parte de esto.
—Lo estoy, de verdad que lo estoy.
—¿Y por qué no te ves más contenta?
—¿Cuándo las personas como nosotros han transmitido muchos sentimientos con nuestra cara?
—Tonta, no hablo de eso. Sé que hemos sido amigas hace solo cinco años, pero te conozco lo suficiente como para saber que tu cerebro no está conforme ¿No puedes darte el chance de disfrutar el logro que representa ser parte del equipo que descubrió porqué pasó todo esto?
—Creo que no lo entiendes y no tengo ganas de explicarte.
Durante muchos años Uma trabajó sin parar para explicarse su existencia. Ahora, ya habían podido publicar los hallazgos que le bajaron un poco a la sensación de que estas personas fotocopiadas eran una anomalía.
Con frecuencia se usaba la expresión “El ADN se apagó” pero los genes seguían ahí, en silencio. La manifestación física de estos se volvió genérica, se bloqueaba para protegerse de la extraña dirección que tomó la evolución.
El cuerpo humano había optado por volver a una especie de configuración base, al render por defecto que la biología había creado. También se habían silenciado los genes que definían el tipo de sangre y el RH se volvió neutro.
La explicación era que nuestro último ancestro común universal, algún organismo absurdamente simple, fue infectado por un virus que tenía una función muy específica: estabilizar la forma de vida, reduciendo la variación para sobrevivir a las condiciones extremas de un planeta en crecimiento.
Por azar ese virus quedó integrado a la doble hélice cual fragmento dormido, que había reactivado ese modo de prueba en los seres humanos.
Aparentemente cuando el entorno es demasiado inestable, la diversidad es un riesgo y las células entienden que hay que volver a lo básico.
Tener más clara esa línea del tiempo de causa y efecto, trajo algo de paz a la humanidad, pero cuando llegó a Uma, no cambió mucho para ella. Solo las ganas de contárselo a Dana, de tenerla cerca otra vez.
Año 35
—Nunca me imaginé viviendo una historia de amor.
—¿Estás reconociendo que me amas? ¿Uma, la chica de ciencia tiene corazón? ¿Soy yo, un hombre de la generación idéntica objeto de su amor?
—No te burles de mí.
—No me burlo, yo te dije que te amaba hace semanas. Tu fuiste cruel al no responder y dejarme pensando que estaba enamorado solo.
—Llámame old fashion, pero siempre creí que me enamoraría de alguien mayor, alguien sin mi cara.
—Lamento lucir tan atractivo.
—Eres un creído. Nadie me va a creer que me enamoré de un idéntico contemporáneo y que además tiene un nombre tan absurdo. Tenías que llamarte Andro, ¿No podías llamarte Pedro?
Uma sentía algo de libertad en su existencia justificada. Siguió estudiando y puso su atención en las nuevas generaciones que perdieron la capacidad de diferenciar sus genitales. Aunque eso creía la gente, que habían perdido algo, cuando realmente parecían haberse emancipado por completo de la noción obsoleta de sexualidad.
Seguía muy comprometida con el estudio de la epigenética y estaba enfocada en anticiparse al próximo cambio. Pero la presencia de Andro, la estaba estimulando. Él le enseñó de música, de poesía y de placer. Aunque eran el reflejo físico el uno del otro, no podían ser más diferentes, a él también le gustaba proyectar el futuro, pero lo soñaba de una manera romántica, nada calculada.
Sus abrazos y la temperatura de su piel se habían convertido en un refugio para Uma, y estar a su lado era lo único capaz de desacelerar el tren de sus pensamientos.
Él le hizo notar que igual que ella, la arquitectura de las ciudades también estaba cambiando. A pesar de ser conjuntos de edificios muy uniformes, el interior de los espacios tenía cada vez más alma. Era lo urbano siendo un eco del status quo terrestre, donde el exterior era la cáscara sosa que ocultaba unos espacios interiores brillantes y estridentes. Ella se reconocía viva gracias a él.
Fuera de ellos y su cariño íntimo, empezaban a verse caras repetidas de inteligencias recodificadas que ayudaban a gobernar el globo que los contenía.
Año 42
—Tenía rato mirándote y no te habías dado cuenta. Por un momento sentí que tu piel brillaba más que nunca.
—Estás alucinando, mi piel está como siempre, igual a la tuya.
—Quien sabe. Tal vez el bebé que llevas en el vientre te hace brillar.
—…
—¿Te has de imaginado cómo será?
—No, pero al menos ya sabemos cómo se verá.
—¿No te preguntas por qué ahora los embarazos duran solo 7 meses?
—No, pero me estoy usando como objeto de estudio. Supongo que su pequeño cuerpo necesita menos tiempo para tomar decisiones celulares.
—Uma, la madre científica que nunca para de analizar.
—Andro, el papá idéntico que nunca para de soñar.
Años atrás una mujer de 42 años era muy vieja para concebir un hijo, pero las personas de la primera generación idéntica ya habían dado señales de un envejecimiento más lento. Uma había tardado en decidir si quería ser madre, porque sentía que criar a una continuación de sí misma ya era demasiado. Sin embargo, su espíritu científico, unido a su recién descubierta capacidad de amar potenciaron sus ganas de vivir la maternidad en carne propia.
Mientras vivía ya había visto muchos niños con su misma cara, pero ya había trascendido a esa sensación de rareza hacia sus propias facciones. Se podría decir que su rostro ya dominaba casi todos los espejos. El amor no iniciaba con la atracción física, si no con una chispa más parecida a un cambio climático interno que a una reacción química.
Los que lucían como antes de la generación idéntica, vivían en una nostalgia intensa. Cada día que pasaba, con cada nacimiento, se perdían más entre la multitud reprogramada.
Año 49
Ha pasado casi medio siglo desde
que las caras empezaron a redundar.
La población mundial se distribuyó de una manera más equitativa entre el campo y los centros urbanos. Es posible que eso haya sido el resultado de la necesidad de recortar el número de veces que la gente quería verse a si misma por las calles. Fue así que se formaron comunidades más pequeñas, espaciadas pero conectadas y que todas tenían la posibilidad de autosostenerse.
Uma y Andro seguían viviendo en la capital de su país, pero esta se había vuelto una metrópoli más calmada, más verde y menos ruidosa, aunque estaba lejos de ser silenciada.
Un día Indra, cuyo nacimiento fue posible gracias a los genes incoloros de ambos, jugaba en su parque favorito mientras ella lo observaba, procesando en segundo plano los últimos estudios que había hecho sobre las huellas dactilares. Siempre le había maravillado que eso fuese lo único que no se hubiese homogenizado en este proceso de volverlos modulares.
De pronto sintió un vacío, como
si parte de sí misma siguiera injustificada. Eso la puso triste, porque ahí
cerca de ella estaba su descendencia saltando y jugando a ser un animal del
bosque y aunque lo significaba todo, aun así algo le faltaba.
No pasaron ni cinco minutos cuando supo que alguien observaba su tristeza.
—Hola.
Los ojos se le llenaron de lágrimas y se fundió con Dana en un abrazo condenado por años.
Año 63
—Mamá, no sé si nosotros seremos capaces de entender el amor como ustedes lo entendían. Estamos predispuestos a amarlo todo.
—Ya lo sé, Indra. A veces pienso que ni mi mente científica me aleja de ti.
—Solo piensa en cómo me amas a mí, como amas a mi papá y como amas a
Dana e imagina que lo amas todo así, al mismo tiempo.
—¿Y crees que esa manera de amar te lleve algún día a compartir tus días con alguien?
—Creo que nunca he sentido un tipo soledad que me produzca desasosiego, así que, comparta o no la vida con alguien, creo que estaré bien.
Desde que tuvo memoria, Uma vio morir a muchas personas, incluidos sus
padres de los que nunca se fue por completo la mirada de extrañeza. Pero con un
impulso inversamente proporcional a la tristeza que no sintió por perderlos, se
volcó a refundar su rutina para incluir a Dana en ella.
Andro conoció otra cara de su esposa, esa que alguna vez aprendió a amar a alguien en quien no se reflejaba. Él y Dana se volvieron amigos, recorriendo de vuelta un hilo invisible que los unía a Uma, para ofrecerle la posibilidad de quererse en una dimensión que ninguno conocía.
Indra, creció siendo el experimento viviente que los tres observaban, volviendo el género y el deseo conceptos históricos.
Para el año 2.100 ya no quedaban rastros de los sesgos de género que existían a comienzos del siglo 21 y el lenguaje se volvía flexible. Los pronombres se abandonaron por completo y el distinguir entre femenino y masculino era una actividad en desuso.
—Indra, al menos sabes lo que significa que te amen a la antigua, como te amo yo. Y al menos yo puedo saber lo que significa que te amen con un cariño venido del futuro que no alcanzaré a vivir.
—Estás hablando como mi papá.
—Tal vez nos parecemos más de lo que crees.
Año 77
Para este momento ya se estaban notando los signos de la vejez en la Generación Idéntica, pero en Dana eran mucho más evidentes. Ella envejecía como las personas de antes, pero gracias a los cambios generales que vivió el mundo, la calidad de vida se había alargado bastante.
Ya casi no había rostros con facciones especiales, y ahora eran la minoría. El eco de otro tipo de existencia. Dana, vivía con Uma y Andro y los tres se cuidaban en una vida amorosa y cómoda.
Indra vivía lejos hace muchos años estudiando animales y en la última temporada se había integrado a una comunidad donde ni siquiera había internet. Desde sus primeros años se hizo evidente que los nuevos niños no querían comer productos animales y ya se podían ver los beneficios para la fauna. Por eso, a la primera oportunidad que tuvo se unió al estudio del comportamiento nuevo de mamíferos cada vez menos amenazados.
Cuando entraba algún mensaje
suyo, los tres adultos mayores se sentaban juntos a leerlo para sentirlo más
cerca. Dana dejaba los pinceles y el cuadro de turno, Uma pausaba la lectura
del paper científico que la ocupaba en el momento y Andro dejaba esperando a
sus poesías.
¡Hola!
Lamento que haya pasado tanto tiempo sin escribir, pero ya saben que queremos mantener el refugio aislado de ondas de cualquier tipo y tuve que esperar a mi turno de salir a la ciudad más cercana. El lugar parece una réplica de ese paraíso del que hablaban los cuentos de hadas de la época de los abuelos, todo es verde y azul y los atardeceres se parecen a los paisajes de Dana.
Siento mucha afinidad con las personas con las que vivo y he comprendido un significado más profundo de la compersión de la que solía hablarles. Me siento feliz y útil, y encuentro un propósito que me llena en continuar de alguna manera la labor científica que aprendí de ti mamá y de hacerlo con esa visión romántica y ensoñadora que me enseñaste tú, papá.
Sé que les preocupa mucho mi bienestar, pero ya saben que cada vez son menos comunes las enfermedades. Y con respecto a los animales, he descubierto que no existe tal cosa como una naturaleza salvaje. Ellos han logrado vivir en equilibrio cuando la especie dominante dejó de darles el ejemplo contrario. Viven en comunión y mueren cuando ha llegado la hora de alimentar a los más jóvenes sin resistirse.
Creo que esto le gustaría bastante mi papá, porque los edificios son prácticamente transparentes y parece que vivimos en un santuario creado no solo para preservar la vida animal, sino también la nuestra.
No sé cuánto tiempo me quede acá, pero no creo que vuelva pronto, aunque los extraño. Lo bueno es que puedo verlos en mi reflejo.
Cuídense mucho y sigan escribiéndome para sentirlos cerca, hasta que volvamos a encontrarnos.
Los amo,
hoy y siempre.
Indra.
Año 91
Poco antes de cumplir 50 años, Indra decidió volver. Sentía que la sangre unificada le llamaba y al volver, se fundió en la cotidianidad de la trieja que había dejado en su temprana juventud. Ellos le recibieron muy felices sabiendo que ya les quedaba poco tiempo para ser una familia que respiraba junta y viviendo de nuevo a través de su forma de observar.
Indra poseía al mundo sin necesidad de tener la verdad, y así eran sus contemporáneos y los que le siguieron. Pero eran unos dueños benevolentes y respetuosos. Para ellos no existía la diferencia y se trataban por igual, mirándose en un namaskar eterno y tierno.
No tenían la capacidad para compararse con el pasado, no podían sentir que habían perdido lo que no conocían y habitaban el planeta en paz, esperando la muerte sin temerle. La gente de hace un siglo habría dicho que estos seres elevados eran incapaces de sentir pasión, pero habían salvado el futuro con un calor sostenido.
Por eso, mientras Uma y Dana vivieron el peor dolor de su vida al perder a Andro, Indra fue capaz de sonreír al cielo recitando, agradeciendo por un padre que le había enseñado el valor de los sueños:
—Ahora sí que estás en dos lugares al mismo tiempo, estás ahí donde no puedo verte y estás en mí, donde dejaste una rima con tu cara.
Año 105
Uma y Dana ya eran ancianas, y vivían en una comunidad donde había otros ancianos, pero también niños, jóvenes, y adultos. Y ahí también vivía Indra.
Ya no quedaba nada de la realidad en la que nació la primera generación idéntica y la historia se había reescrito de una manera casi bíblica. Ya no importaba el porqué del ADN apagado, ni la sangre convertida en un batido genérico de hierro. Lo que importaba era que parecía que habíamos pasado el Gran Filtro y ya no estábamos destinados a acabar con nosotros mismos.
Las probabilidades de que existiera Dios seguían siendo binarias.
O bien Dios no existía porque ya hubiese revelado más de lo que hizo la ciencia o sí existía y decidió llevar al extremo lo de que estábamos hechos a su imagen y semejanza.
Pero el resultado era este. Un sistema en equilibrio abandonado a lo que resultó ser su buena suerte, esperando por el próximo cambio que Uma seguía anticipando.
En medio de esa teología reivindicada el planeta por fin tuvo un solo rostro, cuando murió Dana, la última mujer con un rostro ajeno, que solo encontraba su reflejo en los ojos de quienes la amaban.
Año 112
El dolor fue indescriptible por un tiempo, pero Uma volvió su mirada al mundo aun en medio de la nostalgia. Fue inevitable cuando poco después de la muerte de Dana empezaron a nacer niños con ligeras diferencias.
Fue testigo de eso cuando cargó por primera vez a un descendiente de Indra, quien ya en el umbral de la vejez decidió procrear. Cuando Uma tuvo a ese bebé en brazos, le pareció ver encenderse sus pupilas con el brillo que solía ver en los ojos de su madre y se sintió turbada por un deseo de reconocimiento que creía perdido.
Luego, poco a poco, se fueron notando pequeñas señales de la reactivación de la genética como la conocían antes de que todo empezara. Labios ligeramente engrosados, pieles un poco menos tornasoladas, ojos más achinados, mandíbulas un poquito redondeadas, cabellos con una textura nueva y rescatada. Parecía que el antiguo bloqueo estaba cediendo frente a la estabilidad.
Uma veía pasar ante sus ojos una historia que empezara a reescribirse, ojalá, en una versión corregida y atinada. Y pensaba en Andro, su alma gemela y en Dana, su amor opuesto, y pensaba en ella que pasó la mitad de la vida buscando una respuesta que parecía estar llegando, aunque incompleta.
Había mirado hacia adentro y hacia afuera, se había obsesionado con la punta de sus dedos, se había enamorado del arte y la poesía sin comprenderlos totalmente. Había prologado su vida en un ser absoluto, había dedicado su vida a la ciencia, se había convertido en la ciencia. Eso para finalmente entender que es la vida quien controla a la vida.
Una noche se fue a dormir,
pensando y haciendo cálculos involuntarios de cuándo La Tierra estaría
nuevamente poblada por gente diferente, imaginando ese futuro luego del
reinicio que atestiguó mientras evadía los espejos. Y soñó, como soñaba Andro
cuando vivía, una secuencia de imágenes coloridas sobre un destino ajeno que
nunca llegaría a conocer.
Al día siguiente lo supo. La humanidad entera había soñado lo mismo y seguirían soñándolo, cada noche, hasta que se hiciera realidad, pero ella solo habría de soñarlo esa vez.

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